Mostrando entradas con la etiqueta Epopeya de los Dioses Andinos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Epopeya de los Dioses Andinos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de mayo de 2016

Epopeya de Los Dioses Andinos: El Origen del Maíz (Cuento N° 29)

Les presento mi cuento titulado "Génesis del Maíz" un relato fantástico y apasionate parte del libro "Epopeya de Los Dioses Andinos" ¡Disfrútenlo!
_____________________________________________________
Cuento N° 29 : EL ORIGEN DEL MAÍZ

Cierto día, cuando el sol había ingresado perezosamente a su fastuosa morada, aprovechando la última luz del día, una mujer hermosísima, de color alba, emergió vislumbrante de la laguna de Yanaqocha. Al verla, un pescador quedó estático. La mujer se le aproximó y, con sus labios carnosos y dulces, le dió un beso en la mejilla. Después de sostener un corto diálogo, la muchacha se despidió con una sonrisa y se sumergió en las profundidades de la negra laguna.

Como si fuera un ave herida, el pescador no quiso moverse de la orilla de la laguna. Ni tampoco pensó en retirarse. Todo lo que quería era verla nuevamente. Incluso pensó lanzarse tras ella a las profundidades de la laguna, pero se retractó porque ya era de noche, viéndose obligado a retornar a su casa acosado por el viento y por el frío.

El pescador era un hombre pobre y además, como era el hijo primogénito, era el sostén de toda su familia pues, hacía tiempo, su padre se había ido de este mundo, dejando una escalera de hijos y a la madre, que se encontraba en sus últimos días de existencia, acosados por el hambre y las enfermedades.

El pescador iba siempre a la laguna de Yanaqocha, con el propósito de pescar y llevar algo con que mitigar el hambre de su madre y de sus hermanos.

Pero el hambre no solo afectaba a su familia, sino también a toda la comunidad  puesto que, desde hacía tiempo, la sequía los asolaba. El resto de la gente podía aún defenderse con los productos que habían guardado en sus trojes y con los animalitos que les quedaban, pero la familia del pescador no tenía ningún recurso para comer, salvo lamer la tierra del suelo.

El pescador llegó a altas horas de la noche a su humilde bohío. Estaba compungido y cansado y no llevaba ni un solo pescado. Sin dar ninguna explicación a la familia, se metió a su lecho. La madre se acercó a su hijo  llevándole un plato de hierbas hervidas para que coma. El joven no sentía hambre, sino que tenía dolor de alma. Para disimular y no inquietar a su madre, comenzó a tomar la sopa de hierbas. Después de manducar, se le vino a la cabeza el recuerdo de la mujer y el sueño se retiró de su delgado cuerpo.

Al día siguiente, muy de mañana, partió nuevamente hacia la laguna de Yanaqocha, premunido de una hermosa quena, un anzuelo y grandes deseos de encontrar nuevamente a la diosa.

Cuando llegó, de inmediato se posicionó encima de una piedra gigante y, desde ese lugar y mirando las olas de la laguna, se puso a interpretar las melodías que se venían a su cabeza. El pescador tenía la esperanza que al escuchar estas dulzuras, la diosa emergería nuevamente desde las profundidades de la laguna negra. Pero, lamentablemente, no había indicios del retorno de la musa. El pescador tenía la firme esperanza que ella viviera, en las profundidades de la laguna, junto a sus padres y hermanos.
Al atardecer, cuando ya se venía la noche, recorrió toda la orilla, tocando su instrumento y buscando un lugar para penetrar hasta las profundidades de la laguna. Nada consiguió. El joven enamorado, con el corazón partido, muerto de hambre y sed, regresó a su cabaña llorando de amor.

Su madre estaba muy preocupada y no comprendía la situación de su vástago. Al verlo tantos días pensativo y pálido, se aproximó con ternura indescriptible y le dijo:
-Hijo, te veo delgado y cadavérico ¿qué te está pasando? ¿Por qué has abandonado tus quehaceres? Ya no tenemos ni hojas de árboles para darles de comer a tus hermanos, solo queda mi cuerpo flaco para que se lo coman. ¡Tú eres el sostén de tus hermanos! Ellos aún no pueden defenderse.

El joven no respondió y se puso a llorar desconsoladamente.

Después de muchas idas a la laguna, el joven empezó a perder las esperanzas de ver a la musa de sus sueños y se desesperó. Como la hermosa mujer no emergió más, el pescador, empujado por la decepción amorosa,  determinó  quitarse la vida. Durante la noche pensó como hacerlo y decidió lanzarse a la laguna de Yanaqocha con una pesada piedra atada a su cuerpo. Así no se libraría de la parca y llegaría, aunque sea muerto a la posada de la mujer de sus sueños.

Antes de lanzarse a la profundidad de las aguas, determinó que por última vez tocaría su quena, interpretando una hermosa melodía que había creado en homenaje a ella. Cuando empezó a soplar el hermoso instrumento musical, las aves del cielo, los peces de la laguna y el viento de las montañas empezaron a llorar. No pudo concluir la melodía y se lanzó a la laguna, siendo arrastrado su cuerpo hacia la profundidad por el remolino que formó la inmensa piedra que se había atado al cuerpo.

Cuando el pescador se despertó, tocó su cuerpo, pensando que estaba soñando, pero comprobó que estaba vivo. Se hallaba en un lecho ancho y suave y, a su costado, estaba la musa de sus sueños. El joven quedó estático de la emoción; la lengua se le paralizó y no pudo hablar, solamente tuvo valor para abrazarla con una pasión y amor indescriptible.

Después de un tiempo de convivencia, el pescador empezó a cambiar de carácter. Ya no tenía alegría y la tristeza se apoderó de su delgada persona. Hasta que esta situación afectó a la musa. Un día, ella le dijo al pescador:
-¿Qué te pasa, amor mío? ¿Acaso tienes alguna preocupación? ¿Ya no eres feliz, como los primeros días que nos conocimos? ¿Acaso te atormenta algún recuerdo?
Frente a las interrogaciones de la hermosa diosa, el pescador no podía mentir. Tomando valor, y con la tez completamente afligida, le respondió:
-Diosa mía, es cierto que estoy muy triste. ¿Sabes por qué? Porque he dejado a mi madre y a mis hermanos en una miseria espantosa.
-Pero ¿Por qué no me lo dijiste antes?  Hubiéramos ido donde tus seres queridos llevando nuestros manjares.
-Diosa mía, no quiero ir solo, porque tengo miedo de perderte. Tampoco conozco el camino por donde he llegado  pero, si tú me acompañas, yo sería el hombre más feliz del mundo.
-Esta bien, amor mío...pero con una condición.
-¿Cual es la condición? diosa mía...
-Viajaremos esta noche, sin que nos vea la diosa Luna. Mañana estaremos en tu casa todo el día. Eso sí: a puertas cerradas, porque no quiero que me vean las personas extrañas. Yo solamente soy para ti.
-Esta bien, diosa – dijo el joven.
Para festejar esta comprensión, el pescador se lanzó a los brazos de su amada. Después, ella partió a la cocina para preparar los deliciosos manjares que llevaría a su suegra y cuñados.
Cuando la luna desapareció, la pareja, cargada de manjares y vestidos salió, por un camino misterioso, de la laguna de Yanaqocha. Bajaron guiados por sus instintos. El pescador tomó la delantera. Después de un largo periplo, llegaron a la puerta de una choza, que estaba entre gigantescos árboles viejos, en los bajíos de la montaña. El joven empujo la puerta y vio, en las profundidades de la habitación, a su madre muerta, rodeada de sus hijos que agonizaban de hambre y pena. El pescador se abalanzó sobre el cuerpo de su madre, llorando desesperado. Pero ya era tarde, pues el cuerpo estaba totalmente rígido.

De inmediato, la hermosa musa auxilió a los agonizantes, repartiendo a cada uno los manjares que había llevado. Pronto los niños empezaron a reaccionar y aún tuvieron fuerza para sepultar a la anciana, que había muerto de inanición y vejez.

Concluidas las exequias, los amantes se retiraron a un compartimento dentro de la casa, mientras los hermanos se quedaron dormidos por efecto de la suculenta comida.

Al día siguiente, muy temprano, los niños abrieron la puerta de la habitación donde se hallaba la pareja, e ingresaron los rayos del sol, tocando directamente el hermoso rostro de la diosa que, a su contacto, se petrificó. Cuando el pescador despertó de su profundo sueño, encontró muerta a su dulce amada. El pescador dio gritos de desesperación. Los niños empezaron a llorar, pero todo estaba consumado: ¡ la diosa había fenecido ! El amante, sin resignarse, lloraba a mares la muerte de la ninfa. Gritaba y suplicaba a los dioses para que le devolvieran la vida a su adorada musa.
Pronto, el pescador murió de amor y  pena.

Después de algunos días, los niños, llenándose de valor, sepultaron en una sola fosa a los amantes.
Después de algunos días, de la sepultura de la pareja empezó a brotar una hermosa, verde y extraña plántula. Esto llamó la atención de los niños y como no tenían hambre por los alimentos que les había entregado su cuñada, empezaron a cuidar y regar la extraña planta como un homenaje a los finados. Pronto, de en medio de la planta, comenzó a crecer un extraño bulto, con cabellera rubia  (mazorca). La planta continuó desarrollando y floreció una hermosa panoja. De cada nudo de la planta empezó a brotar un haz de bellas hojas. Cuando llegó a la madurez, la mazorca se descolgó y comenzó a deshojarse. Pronto, ante los ojos de los niños, brotaron bellos granos de todos los  colores.

Empujados por la curiosidad, los niños cogieron un grano y lo masticaron, encontrando un agradable placer, como no tenían hambre, dejaron que las mazorcas se desgranen. Presto, de estos granos, empezaron a brotar nuevas plantas.

El maíz empezó a crecer por toda Singonapampa y luego en sus bajíos. Los hombres empezaron a llamar a ese lugar Wayoqhari.Wayo (granos o frutos grandes) que deriva de wayunka. Qhari (hombre colgante)
La semilla es la diosa y el abono o guano es el hombre.
¿Quién fue esa musa que apareció en la laguna? Pues fue una hija del dios Sol con la hermosa Luna, quienes la enviaron a vivir en el Ujupacha (mundo subterráneo) para que organice a los habitantes de ese lugar. Sin embargo incumplió su mandato, al salir al Kaipacha (El mundo presente – aquí, la morada de los hombres) y   enamorarse de un hombre. Por tanto el dios Sol la castigó cuando la encontró en la cama, infraganti, acostada con un hombre Por eso la musa no quería aparecer ante la luz del Sol ni de la Luna.
El maíz es el nieto del dios Sol y de la diosa Luna, por eso en la Tierra existe el maíz de color amarillo (como su abuelo, el dios Sol) y el maíz blanco (como su abuela, la Luna). El resto de los maices de colores son los genes de los ancestros del sol y la luna. Por eso los hombres de Wayoqhari  adoran al maíz  y lo consumen en cancha, sopa, mote, harina; inclusive chupan y comen sus cañas. Los tallos y las hojas los consumen sus animales.

La chicha es la bebida sagrada de los campesinos. No solo les quita la sed, sino también el hambre y la pena...y les da fuerza  y valor para realizar las jornadas agrícolas.





Epopeya de Los Dioses Andinos: 50 Mitos, Leyendas y Otras Narraciones

  Este libro ha sido escrito por un hombre, grande en su sencillez, que revela una inobjetable e innata vocación literaria. Hijo auténtico del Valle Sagrado de los Inkas. El  más hijo, más querendón, que ama entrañablemente a los suyos, que tiene identidad, que se siente orgulloso de ser como es.
  En rigor Salustio Concha, más que autor de este libro, es el gran convocante, ordenador y recreador de las historias y la palabra de muchos autores o ninguno. Este libro hace tiempo que ya existía. Estuvo en las entrañas de la Mamapacha, en la memoria  y en el corazón de las gentes que son hijos del Sol y de la Luna. Cada una de las 50 historias-y hay más 50 esperando ser publicadas-estuvo en un rinconcito de la ternura de algún taita, alguna abuela, algún líder comunal. Salustio se las ingenió para que ellos se las fueran contando. A su turno las volvió a escuchar contadas por su propio corazón.Recién entonces las contó para nosotros sentado frente a su vieja máquina de escribir.
  Este libro es parte de nuestra cultura oral. Cada una de sus historias son nuestras desde siempre. Más que ser leídas hace tiempo que esperaban ser contadas. Hace tiempo que necesitaban volver con toda su carga de laboriosidad, afecto, voluntad y sapiencia. Para ser fiel a la vieja tradición de la que provienen debieron ser escritas, o mejor contadas en quechua que es la lengua la que pertenecen y que es la lengua materna del autor. Sin embargo Salustio cumpliendo la función de hombre puente entre su cultura y la de los que no hablan quechua, ha hecho el esfuerzo de expresarlas en castellano;pero felizmente el tono,la construcción, y a veces hasta la sintaxis,aún a riesgo de violar a la gramática castellana, se mantienen quechuas lo que le da al libro un valor adicional de autenticidad.
  El autor ha deparado al Instituto Nacional de Cultura del Cusco el honor de editar esta “Epopeya de los Dioses Andinos” encargo que cumplimos orgullosamente porque es nuestro deber institucional promover la cultura viva inmaterial y como parte de ello nos corresponde estar al lado de sus creadores y difundir el fruto de su creación.
  Por ello a nombre del INC Cusco,de su actual director titular Antropólogo David Ugarte Vega Centeno felicitamos y agradecemos a Salustio Concha por esta entrega. El agradecimiento lo hacemos extensivo a usted respetado(a)lector(a)por que estamos seguros que leerá con fruición estas páginas y recomendará que otros y otras las lean también.

                                                              
                                                                                                              J. Luis Castro García
                                                                                         Director de Desarrollo Cultural del Cusco.