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sábado, 21 de mayo de 2016

En Busca de Los Dioses Andinos: 50 Mitos Leyendas y Otras Narraciones


EL KUTUTO, EL BURRO Y EL CHANCHO


  En una aldea de Urubamba denominada K’atan,  vivía una hermosa mujer, pero de estatura baja y gorda;  ella se distinguía del resto de la mestizas por sus trenzas; largas,  negras y sobretodo, por su urraquería. Luisa Sicha había heredado de sus finados padres – le dejaron aùn niña – un pedazo de haza, cercado con piedras, y espinas, con contados árboles de kapulí, sauco y molle.

  Luisa siempre vivió con su tío Francisco, un viejo por demás cariñoso: pero cuando ella consiguió su pareja, un hombre alto, encorvado, pálido y humilde llamado Juan;  don Francisco quiso oponerse a la relación de Luisa y Juan,  porque éste era un desconocido en el lugar.

  Prontamente doña Luisa y Juan Sicos construyeron un bohío, compuesto de una habitación, una cocina y un corral para sus animales. Esta construcción la realizaron al borde de la chacra con piedras, adobes y techo de paja. El terreno fue dividido imaginariamente en dos partes. Un pedazo para cultivar maíz anualmente y el otro pedazo para cultivar permanentemente hortalizas.

  Desde el primer momento que salió los primeros frutos de la tierra. Luisa comenzó a frecuentar el mercado de Urubamba cargando los productos en su espalda principalmente los días de feria: miércoles y viernes. Después de expender sus plantas aromáticas (asnapas) hierbas medicinales y plantas ornamentales, retornaba muy feliz a su bohío cargando sal, pan, azúcar y otros víveres, resultado del sacrificio de  Luisa y Juan.

  Para los tiempos de hambre Luisa y Juan ya tenían el maíz en su troje para venderlo en el mercado.

  Había días en que los productos de Luisa no salían en el mercado; entonces viajaba con frecuencia a otros mercados fuera de la provincia.

  Un día -antes de coger el sueño- Luisa le dijo a su esposo:
    - Juan; el mercado de Maras es excelente para vender nuestros productos ¿Por qué no adquirimos un burrito para llevar  nuestros productos hasta ese mercado? Esposo hagamos un esfuerzo de ahorrar dinero; comprando un burrito hasta triplicaremos la ganancia porque el burrito al retorno de Maras traería papas, lizas ocas y otros tubérculos para la casa.

    -Está bien esposa mía – le respondió Juan lleno de ilusión.

La noche paulatinamente iba entrando en silencio absoluto, ya no se escuchaba el ladrido lejano de los perros de la comarca.

  Juan, era un hombre completamente dedicado a sus quehaceres agrícolas; ya sea en su casa realizando alguna actividad, raras veces se le veía en otro lugar. Si es se le veía era comprando un par de vasitos de chicha para beber en sus horas de sed; se diferenciaba de los demás hombres del lugar, puesto que ellos a partir de las tres de la tarde, ya estaban en las chicherías, bebiendo hasta  altas horas de la noche. Don Juan criaba en su cocina una gran cantidad de cuyes que alimentaba con el pasto de su huerta, su distracción diaria era: mirar a los enamoradizos kututos (cuyes machos) tras de las hembras moviendo sus traseros y ronroneando en competencia. Esta pareja de esposos siempre festejaban sus cumpleaños-cada uno- comiendo un cuy entero; asado y crocante mezclado con tallarín al horno, rocoto relleno y un gigante choclo hervido; luego remataban con algunos vasos de frutillada.

  Ciertamente, don Juan y doña Luisa ya tenían un burrito azulejo   aún tierno,  ternejo y de patas delgadas. El rucho ya empezó a ocupar un lugar no solamente en el corral sino también en el canto de la chacra rasurando con sus dientes grandes el kikuyo (pasto verde) y otras plantas rastreras.

  De pronto, Luisa viajaba al mercado de Maras llevando cargado en su tierno pollino sus productos de la huerta, Efectivamente sus sacrificios empezaron a cosechar frutos con una buena ganancia, los esposos progresaron raudamente.

Un día, a la hora del almuerzo  Luisa le habló a su esposo diciendo:

    -Juan estas viendo, cómo esta sobrando mucha comida ùltimamente ¿Por qué no nos compramos un chanchito para cebar? Al puerquito cuando lo degollemos nos dejara su manteca, fuera de la carne que vamos a consumir
    -Está bien esposa mía lo que has pensado-le contestó Juan.

  Repentinamente Luisa comenzó a sentir síntomas de embarazo. Ella se alegró con demasía y díjose: Ojalá que sea un varoncito para que le ayude a trabajar en la chacra a mi esposo.

  Un tiempo después, Luisa había comprado un chanchito de Maras, la venida de este animalito fue recibido con mucho agrado por  Juan, quien de inmediato  se fue al corral y preparó una pequeña chocita con restos de palos y hojarascas de su propiedad ; luego le consiguió una artesa de piedra para bañarle y darle de comer y beber … El burro al mirar al pequeño marrano sintió cierta alegría y díjose: ¡Qué alegría ,ya tengo un amigo con quien puedo pasar los interminables días de cárcel en este corral!  Pronto Juan se desvivió por el chancho, trayéndole todo tipo de alimentos y, todavía le bañaba todos los domingos en la artesa.  Presto, el cerdo comenzó a crecer y tomar cuerpo.

  Un día, el burro llegó de Maras completamente agotado no solamente cargando papas, arvejas y cebada sino también a la señora Luisa. . Don Juan después de descargar al pobre burro lo arreó  al corral, luego le dio una  porción de chala seca de maíz, el burro azulejo dio algunos mordiscones y se echó en medio del corral para recuperar sus fuerzas. El chanchito negro y gordo mirando burlonamente al asno se dijo así mismo  ¿Qué zonzo es este burro? Realmente es un burro, le cargaron montañas de bultos encima para ir a Maras y encima la señora se cabalga para retornar,  ni siquiera le dan una buena cantidad de comida. Diariamente le botan unas cuantas cañas de maíz y tiene que morderlas hasta altas horas de la noche hasta llenar la panza. Siendo él me rebelaría, en el momento que me están cabalgando y cargando escaparía. Pero este burro es tan burro y humilde que seguramente en la próxima oportunidad hasta le va cargar al patrón y a su mujer. Pero yo sí  jamás soportaría estos maltratos,  a mí me traen la mejor comida y en abundancia, me preparan mi cama para dormir y hasta me bañan semanalmente.

  El pollino como entendía el lenguaje del chancho, soportaba estoicamente todas los sandeces que decía el marrano.

   Luisa y  Juan – después de descargar – los bultos del burro azulejo, se enrumbaron hacia la cocina. Juan, al ver tan cansada a su esposa – luego que se apoltronó en un asiento de chuchao –le sirvió un plato de sopa de chuño oliendo a muña. Doña Luisa empezó a masticar lentamente las papas de la sopa; pero de súbito regaño a su esposo ¿Acaso doña Luisa estaba malgeniada por el embarazo? Don Juan escuchaba estoicamente todas las diatribas que lanzaba su esposa. Después de terminar el plato de sopa, Luisa se retiró a su dormitorio a descansar; mientras que Juan se quedó en la cocina lavando los trastos.  Allí  Juan escuchó la conversación de sus dos kututos que decían:

    -Amigo kututo  ¿Has escuchado lo que la  patrona le dijo al patrón?- habló el kututo negro
    -Sí, la verdad yo no soportaría tanta injuria de inmediato –después de pegarla-me largaría de esta casa aunque mi corazón la adore.
   -Amigo, nosotros que tenemos cada uno veinte mujeres ¡Cómo nos respetan ellas! ¡Nos adoran!- Terminó de hablar el kututo castaño.

  Don Juan con un odio cerval miró al kututo, pero, mentalmente se dijo: quiero saber qué más hablan…
    -Así es –respondió el kututo negro y peludo
    -Amigo ¿Acaso es la primera vez?- habló el kututo castaño y pelado
    -Así es -respondió el cuy macho.
    -Es que el patrón es muy humilde, de donde sabemos si el hijo que carga en sus entrañas la patrona no es él, puesto que, ella siempre viaja a Maras, de repente, se ha conseguido un amante - dijo el kututo castaño y pelado.

  Las palabras de los kututos le cayeron a Juan como un cuchillo al corazón y díjose: éstos no son tan zonzos como creía.
    -Amigo la otra vez la patrona dijo que el pedazo de tierra que usufructúan no es del patrón, sino que es exclusivamente de la patrona, herencia de sus padres. Después de insultarlo la patrona le dijo: ¡So inútil, pobretón anda , lárgate a tu pueblo , te estoy manteniendo hasta vistiéndote- habló el cuy negro y peludo .
    -Pero la patrona es injusta,  cuando nuestro patrón está solo, se dedica a trabajar de sol a sol en la chacra, cocina, lava hasta la ropa de la patrona y limpia la casa. La patrona solamente se dedica a llevar las cargas al mercado de Maras- habló el kututo castaño y peludo.

  Don Juan se puso pensativo y díjose: Estos cuyes tienen razón, realmente la mujer me ha dominado. Esto no puede ser…
     -Amigo ¿Tú permitirías que una de tus mujeres te levante la voz?- interrogó uno de los kututos.
    -Jamás, pero si me levanta la voz le rompo el hocico con  una trompada.  Don Juan seguía escuchando lo que parlamentaban los dos kututos  mirando a las hembras que comían el pasto.
    -Pero amigo ¿Por qué todas las mujeres bajas siempre son dominantes? Les falta tamaño pero les sobra la boca.
   -Amigo es la ley de la vida, es una compensación hasta en los hombres, el hombre pequeño también es un bocón.

El kututo negro y peludo después de mirar y enamorar moviendo su gordo trasero a una de las cuyas recién paridas dijo:
    -Amigo ¿Por qué teniendo tantas mujeres siempre peleamos por una?
    -Ah… amigo, es la ley de la vida cuanto más tenemos más queremos…

  Después de algunos días, la casa de don Juan y Luisa se abarrotó  de gente. La dueña de la casa comenzó a sentir dolores de parto. Dando gritos escalofriantes; le atendían dos comadronas. Don Juan se veía en serios apuros para atender a las visitas, pero presto ella alumbró un hermoso niño rollizo muy parecido a su padre. Don Juan festejó la venida de su hijo con algunas copas de aguardiente. Pero se levantó del asiento luego se  fue a la cocina diciendo:
   -Aunque me digan que soy un hombre sacolargo, dominado por mi mujer, qué voy hacer,  ahora tengo un hermoso hijo, y quiero festejar comiendo a ustedes dos kututos por mañosos y malpensados.

  El burro azulejo retornó al corral con la panza llena pasto que don Juan lo había amarrado en un canto de la chacra. Pero  el marrano fingiendo despertarse de un falso sueño habló con una voz de burla:
    -Pobre burro, dice la patrona ha dado a luz a un varoncito; desde el próximo viaje tendrá que cargar no solamente  los bultos , sino también ,a la patrona y a su hijo; este burro si será humilde o muy zonzo ni siquiera es capaz de golpear con su cabeza a la puerta pidiendo comida, éste prefiere morirse de hambre.

  Dos semanas después del  parto, la señora Luisa partió a Maras cargando con una manta a su retoño en sus espaldas llevando asnapas, repollos y serones de kapulí para hacer su consabido negocio.

  Don Juan se encontraba completamente preocupado por Luisa y su hijo puesto que- desde el parto - era la primera vez que Luisa  había partido a Maras con su negocio.

  La señora Luisa, después de vender sus productos decidió retornar hacia su tierra.  Después de salir de  la población silenciosa de Maras, cabalgó en el burro azulejo, su hijito  se encontraba en su espalda. Pronto a sus ojos de Luisa  maravillaron  los imponentes picachos  de las montañas de Verónica, Chikón y Pitusiray… La bestia trotaba cargando a su patrona y al niño, llegaron a las pampas de T’iobamba, muy cerca del hermoso templo colonial.El burro divisó a lo lejos a un gran número de ovejas, ganados, burros y caballos. La bestia comenzó inquietarse, se escuchó el rebuzno de un burro hechor. El burro garañón empezó a galopar, la señora Luisa intentaba controlarle con la rienda, pero no le hacía caso.     La negociante para protegerle a su hijo – porque había perdido el estribo – desesperadamente se agarró con dientes y uñas de la carona y de  los escasos crines de la bestia. El burro se fue tras de una burra joven de color negro, y se apoderó de ella a puro mordiscón y patada.
  Presto,  doña Luisa apareció en el segundo piso; mientras que su  hijo   se encontraba en otro nivel. Ella nerviosamente pedía auxilio a los pastores, pero ellos no sabían qué hacer ya que eran niños. La bestia después de satisfacer sus instintos, se puso en camino hacia K`atán.

  Cuando la bestia llegó a Yawarmaki-como adivinando que algo malo le iba pasar- descendió con tranquilidad como dándole seguridad a la señora Luisa y a su recién nacido.

Así el burro garañón asomó en K’atán  cargando a Luisa y su párvulo. Por fin a Juan  le pasó la preocupación al ver a la bestia a su esposa e hijo.

  Después de bajarse del burro, le habló la señora Luisa con una mirada torva diciendo:
-Juan quiero merecer un favor tuyo, pues me  muero de cólera. Este burro me ha puesto en grandes aprietos y también a mi hijo. Por favor mañana mismo, a la primera hora debe estar castrado este maldito.

Juan interiormente preguntóse ¿Qué ha podido pasar con este burro, si él es muy tranquilo?

  De inmediato se aproximó al lado del burro y luego de sacarle la carona le parlamentó como rimando:
   -Desde ahora ayunarás
   Porque mañana a estas horas
   Ya no estarás
  Con tus adoradas trolas y boloñas.
                         
  Luego de colgar la carona en un altillo de la habitación del chancho, don Juan se fue en alcance de su esposa.

El porcino, festejó con una risotada y cuando se calmó dijo como riéndose y recitando:
    -Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡pobre burro!
    ¡Este burro no sabe lo que ha dicho la patrona!
    ¡Este burro es tan burro!
    ¡No sabe qué le va ha pasar mañana!
    ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!¡ pobre burro!
    ¡Un burro sin huevos ya no es burro!
    ¡Un burro sin huevos es una burra!

El pollino paró las orejas, se puso muy nervioso; y caminaba por el corral de un lugar a  otro ¡ tras¡ ¡trus! ¡tras!, pero cogitabundo, le remeció su cuerpo y díjose:
No he debido correr y subirme encima de la burra pero no   podía evitar la tentación, perdí la fuerza de la voluntad   ¡Me encegué ¡ ¿ Ahora qué hago? Fugarme… pero la puerta está asegurada con un candado.  Al burro se le había quitado el hambre y la sed, no tenía ganas de morder un pedazo de chala seca.

  El chancho seguía despotricando contra el pollino .Durante la noche, el burro no podía dormir, pensando en que iba a perder sus huevos. El chancho durmió muy placenteramente.
Para  la salida del sol, el asno ya no tenía las dos boloñas. Lo habían castrado cuatro robustos hombres-después de tumbarlo y maniatarle con sogas sus cuatro extremidades-en el centro del corral. El marrano  había atisbado todo el proceso de la castración; pero fingiendo dormir:

  Después que se retiraron los capadores, llevándose los dos huevos del burro para comérselos en asado con un poco de ají y mote; el puerco habló en forma por demás burlón y como recitando:

    -¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!¡ pobre burro!
    ¡Ahora si se ha convertido en una gallina!
    ¡Ahora hasta su propio piojo le va a cabalgar!
            
  El pobre pollino estoicamente escuchaba la sorna y desparpajo del chancho, el burro no podía dar un paso adelante porque las heridas le dolían puesto que le habían echado yodo y aguardiente y, para remate, sangraba.
                         
  La señora Luisa recién sintió algo de tranquilidad al ver al burro completamente cohibido, pusilámine y sumamente triste,  purgaban de sus heridas gotas de sangre y pus.

  El chancho todo orondo comía y dormía en el corral; mientras que el burro no tenía ni ganas de mascar un pedazo de chala por el dolor. En contadas horas había adelgazado.

  Un día, dijo don Juan que el burro debía de ir a Maras llevando las cargas de doña Luisa porque este viaje le haría bien porque sudaría y le purgarían las heridas. Efectivamente el asno partió hacia Maras, pero esta vez cargado de tomines de chicha en unas angarillas  ex profesamente preparadas para estos menesteres. La señora Luisa regresó de Maras pero trayendo en el burro, una montaña de ichu, que descargaron la paja punera; allí habló el burro -por primera vez en el corral como recitando:

    -¡Quien como los patrones!
    ¡Mañana ellos gozarán…!
    De una rica carne de marrano!
    ¡Yo todavía tengo una larga vida!
    ¡Aunque sin mis dos huevos!

   ¡El ichu que traje!
   ¡Mañana estarán pelando!
   ¡El pellejo de aquel puerco burlón!
   ¡Quien ríe último, ríe mejor!
   ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!¡ carajo!

  Al día siguiente, muy de madrugada los cuatro capadores de la patrona Luisa ingresaban al corral armados de cuchillos y sogas para degollar al marrano.

  El burro dormitó fingiendo no escuchar los desesperados gritos de su detractor. 

En Busca de Los Dioses Andinos: 50 Mitos Leyendas y Otras Narraciones


Danza Sagrada De Los Apus: 50 Mitos, El Negociante, El Burro y Los Zorros (Cuento N° 7)


7

EL NEGOCIANTE, EL BURRO Y LOS ZORROS

 En un lejano pueblo de Acomayo, llamado Pillpinto, vivía un comerciante que quincenalmente viajaba a Quillabamba, donde compraba aguardiente y coca, que luego vendía a sus coterráneos y también por las tierras de Livitaca, Kapaqmarca, Llusco, Velille… comprensión de la provincia de Chumbivilcas, departamento del Cusco.
¿Cómo había empezado este comerciante? Pues, bien, sus primeros años fueron de sufrimiento porque cargaba en sus espaldas mercancías que intercambiaba en Quillabamba con los productos de selva. Poco a poco, comenzó a capitalizar hasta que, finalmente, pudo comprar varias mulas para transportar sus mercancías.
Cierto día, en el camino se le presentó un percance. ¿Qué había sucedió? Durante la noche había llovido a torrentes y como resultado de un deslizamiento de tierras se había caído el puente. -Esto sucedió en las alturas de Tankaq, distrito de Ollantaytambo- y no había un lugar que permitiera vadear y pasar a la ribera de enfrente. Así que, para pasar la noche, don Lucio determinó acampar en una cueva.
Después de descargar los bultos de coca y los odres de aguardiente que llevaba, se introdujo, con sus ayudantes, en un gigantesco machay o caverna que existía en medio de la montaña. Luego los ayudantes fueron en busca de una pampa que tuviera forraje para que las mulas apacentaran. Para que las bestias no escaparan, les amancornaron con lazos, las patas delanteras.
La montaña estaba cubierta de ichu, pedrones, alguna arboleda; el viento latigueaba el semblante cansado de los viajeros. Cuando la noche cayó sobre la montaña, solamente se escuchaba el silbido cordillerano. Los viajeros se recostaron sobre las caronas o cabalgaduras de las bestias, cubriéndose con ponchos y frazadas. Se pusieron a conversar mirando a las estrellas y fumando cigarrillos elaborados con tabaco quebradeño. Hasta que se escucharon las canciones de los jakachos y pukupukos. Al día siguiente, muy temprano, se levantó el comerciante y salió del machay, encontrando el piso cubierto de espejos de hielo. Después de abrigarse con su poncho, buscó a las bestias, pero grande fue su sorpresa cuando vió que las mulas habían desaparecido del lugar donde las dejaron la noche anterior. De inmediato dio aviso a los ayudantes para que busquen a los cuadrúpedos.
Después de paciente y preocupante búsqueda, uno de los ayudantes encontró huellas de las mulas, y comenzó a rastrearlas como un perro en busca de carne; dentro de los ichuales y arbustos. Los cuadrúpedos se habían metido a otro machay, donde estaban muy bien parados, el ayudante subió a una colina desde donde llamó a su patrón y a los otros ayudantes, diciendo: ¡Aquí están las mulas! El eco de la montaña trasladó su voz por todo el espacio… Cuando escuchó la respuesta de los otros buscadores que venían a su encuentro orientados por la voz que no dejaba de llamar.
El inti trepaba con pasos largos y poderosos por la escalinata del firmamento azul; luego la neblina blanca que cubría la montaña se elevaba, con sus alas incansables, hacia el cielo.
 Por fin el dueño llegó hasta donde estaban las mulas, pero le produjo gran inquietud no encontrar los lazos en las patas de las bestias. El, con sus ayudantes, los buscaron, pero no había rastro de ellos. En la mente del comerciante surgieron muchas interrogaciones ¿Quién los desató? ¿Con qué lazos cargaría las mercancías?
El sol llegó a las espaldas verdes de las montañas trayendo un calor agradable. Don Lucio divisó a una pastora que subía a la montaña, por un camino zigzagueante, arreando una tropilla de llamas, y se dijo: iré a su encuentro y le preguntaré por mis lazos. A grandes zancadas el comerciante fue en dirección de ella… Las neblinas blancas habían desaparecido del escenario, (el comerciante) al interrogarle recibió la siguiente respuesta:
-          Señor ¿Quién va a robar los lazos? Por estos lares la gente no llega… y menos de noche.
-          Gracias –contestó el negociante; luego se retiró.
Cerca al medio día, el sol había avanzado caminando hasta el centro del universo. El comerciante y sus ayudantes no habían desayunado por buscar las sogas. A don Lucio se le hacía un mundo pensando como cargar sus productos en las doce mulas negras. Así divisó un burro que se aproximaba, tras–trus…, con sus patas delgadas y con las orejas muy paradas hacia adelante. El comerciante se aproximó al burro y el pollino lo saludó con sumo respeto:
-          Amigo, buenos días ¿Qué se le ofrece?
El comerciante después de recibir el saludo, con voz lacerante le narró todo lo que le había sucedido. La bestia, luego de golpear al suelo con sus patas delanteras, le respondió:
-          Amigo comerciante, yo sé dónde están las sogas.
-          ¿Estás seguro? ¿Cómo sabes?
-          No quiero que me preguntes –le dijo el jumento. — Señor burro, ¿los puedo recuperar? ¿Acaso puedes ayudarme?
-          Por supuesto amigo –dijo el asno.
El semblante de don Lucio se trastocó en alegría desbordante. Seguidamente el comerciante le preguntó:
-          ¿Cuánto me cobras? La bestia mirando al comerciante, le dijo:
-          ¿Qué haría yo con el dinero? Lo que quiero, señor comerciante, es que me traigas una carga regular de cebada, en etapa de espigar, y también una porción de quinua, pero hervida.
-          De acuerdo, amigo burro –respondió el comerciante.
El comerciante llamó a uno de sus ayudantes y le ordenó que bajara a Ollantaytambo para comprar una carga de cebada y quinua.
Él no perdía las esperanzas de encontrar sus doce lazos, y con sus ayudantes los siguió buscando por quebradas y lomadas.
Ya al atardecer, el ayudante apareció cargado de pasto de cebada y quinua hervida. Estaba muy cansado y sudoroso y, al llegar, lanzó la carga delante del burro. Don Lucio le dijo al animal:
-          Amigo burro: ahí tienes lo que me has pedido.
-          Gracias don Lucio –respondió el burro.
El asno comenzó a manducar, a boca llena, la cebada espigada. Saboreaba con placer, mientras que la quinua hervida se mantenía cerca. Después que terminó de yantar la cebada, le dijo al comerciante:
-          Amigo, ahora me voy a echar en el suelo, luego tú me vas a untar con la quinua hervida: mis ojos, mi ano y mi boca.
-          ¿Y después? — Ah… luego te vas retirar lejos del lugar junto con tus mulas.
-          ¿Acaso señor burro no me estás engañando? — Señor arriero ¿cómo vas a pensar de esta manera?
-          Está bien, pero después, ¿qué hago? –preguntó el comerciante.
-          Cuando escuches mi rebuzno, recién vendrás.
-          Está bien –respondió el comerciante. El burro se estiró en el suelo en forma rígida.
Después de largo rato se aproximó un zorro con pasos lentos y desconfiados y comenzó a mirar con ojos escrutadores todas las partes del burro; luego dio varias vueltas alrededor del pollino. El zorro se paró junto a la cabeza del rucho y después dijo:
- Ah… ¡qué suerte tengo ¡…este burro está muerto, seguramente con torzón, pues debe haber tragado mucho. No pensaba banquetear tan rica carne ¿Cuántos días estará ya muerto? Tiene la panza muy hinchada. Uf… en su boca hay gran cantidad de gusanos, igualmente en sus ojos y ano. O sea, ya está en putrefacción. Yo solo ¡ qué voy a poder terminar tanta carne ¡, mejor voy a llamar al resto de los zorros para banquetear en grupo porque ellos, en alguna oportunidad, también me han invitado a saborear las ricas carnes de ganados que se habían desbarrancado.
El zorro se retiró brincando de regocijo; luego oteó desde encima de un pedrón verduzco. Los zorros comenzaron a salir de sus madrigueras y, seguidamente se enrumbaban, guiados por los ademanes del zorro. Las bestias carnívoras rodearon al pollino; de sus bocas caían cantidades de saliva. Antes de empezar con el banquete, uno de los zorros habló:
-          Hermanos y hermanas, este burro está muerto hace días. Miren su ano, ojos y boca, hay gran cantidad de gusanos –quinua hervida–. Pero si empezamos a banquetear, su hedor va a llegar a las narices de los cóndores, pumas y otros animales. Ellos pronto van a llegar y nos van a quitar toda la carne.
-           Amigo ¿Qué podemos hacer? –dijo uno de los carnívoros.
-           Hermanos, lo que podemos hacer es arrastrar el burro a mi madriguera, que es grande.
-           Pero ¿con qué sogas? 
-          Yo tengo –anunció el zorro-. Luego otro dijo: 
-   Esta carne aún está fresca y todavía no está tan malograda; tampoco vuelan las chiririnkas [moscardones].
El jefe de los zorros, que tenía cola frondosa y canosa, habló:
-          Hermanos, cada uno de ustedes tiene que amarrarse la punta de los lazos a vuestros cuellos y cinturas, para que de esta manera puedan tener más fuerza para arrastrar el burro.
-          Está bien –dijeron a voz unísona los zorros.
El sol desde la altura contemplaba cómo las bestias carnívoras arrastraban al burro plateado en una sola dirección. Hacían todo el esfuerzo posible para llegar lo más rápido a la madriguera. Pero, súbitamente, el burro plateado se levantó del suelo rebuznando y correteando por los pedregales y campos; pateando, coceando y mordiendo a los zorros. Los animales al recibir las patadas y mordeduras, iban muriendo. El sol paralizó su caminata por el firmamento, contemplando asombrado la tragedia de los zorros.


El comerciante corrió al encuentro del burro para agradecerle por la recuperación de sus doce lazos.

Danza Sagrada De Los Apus: 50 Mitos, Leyendas y Otras Narraciones


  Todavía con el olor a tinta de imprenta -como cuando nos llega el pan recién horneado- llega a mis manos el libro "Danza Sagrada de los Apus, 5o mitos, leyendas y otras narraciones" del escritor Salustio Concha Tupayachi, trayéndonos los frutos del imaginario andino, recogidos en el más rico filón de nuestra literatura oral: el valle sagrado de los incas y las comunidades y pueblos sur andinos.
  "iCuantas noticias y fechas históricas, salvadas para siempre del olvido, va a encontrar el lector en las preciosas páginas que entre las manos tiene!" Escribía el ilustre tradicionista Don Ricardo Palma, al prologar la obra de su discípula Doña Clorinda Matto de Turner, eso mismo podemos decir de esta obra, tan plena de emotivos recuerdos, tradiciones legendarias salvadas del olvido y trabajadas con la fértil imaginación de nuestro amigo Salustio Concha Tupayachi, quien, como profesor de escuela rural y con el mismo empeño de un investigador social o antropólogo, supo captar y plasmar en el libro.
  Ésta ya es una segunda entrega. La anterior: "Epopeya de los Dioses Andinos" me causó grata impresión y a propósito escribí .un comentario periodístico.
  El nuevo trabajo sigue la misma línea, el lenguaje es sencillo, llano, asequible a cualquier lector; el cuidado puesto en la corrección y calidad es notorio.
  Confieso que con suma delectación he leído estas páginas alimentando mi imaginación con un mundo de Apus o dioses a veces vengativos, otras veces compasivos y enamorados de alguna bella pastorcita de la puna-; con fábulas que cuentan de intríngulis entre osos, zorros, burros y wallatas,- con historias que hablan de ñustas enamoradas que fugan con amantes furtivos para amarse en lugares encantados donde sus imágenes quedaron petrificadas entre rocas, bosques, árboles añosos; toros salvajes que habitan ríos y lagunas misteriosas; lugares poblados por seres inanimados que, de pronto, cobrando vida, cuentan sus historias, narran la vida de animales mitológicos -mezclas de reptiles y humanos-, epopeyas dolorosas como la de Qori Oqllo la hermana y esposa de Manco Inca, que defendiera su honor, con bravura inaudita; hechos sobrenaturales protagonizados por héroes que compiten con titanes, pisthakos y condenados tenebrosos; historias a cerca del origen del agua, la kiwicha o la keuña; una versión del mito del Paititi que es una pequeña novela, sin dejar de lado pequeñas historias modernas o anécdotas de la autobiografía del escritor; en fin, acontecimientos magníficos que la imaginación indígena y mestiza tejió, durante cientos de años, como filigrana de plata entre hebras finas de vicuña, en el poncho representativo de la cultura peruana.
  El libro consta de cincuenta trabajos muy bien logrados que, en su conjunto, constituyen un tesoro invalorable que de otro modo estaría perdido en la memoria secular de nuestro pueblo. Volcados al libro y con esta noble investidura, estos mitos, leyendas y narraciones, darán mucho que hablar y serán acicate para hurgar la creatividad de las nuevas generaciones de escritores del ande.

                                                                               Julio Antonio Gutiérrez Samanez

miércoles, 18 de mayo de 2016

Antología Poética en Quechua: Premio Regional de Cultura 2007

      

Aqha.-Significa en idioma quechua: Chicha. Esta bebida fue sagrada en tiempo de los inkas que ofrendaban a sus dioses y también bebida del pueblo.

Aqha es un manojo de poemas, ganador de medalla de Oro convocado a concurso por el Instituto Nacional de Cusco del Cusco (INC),hoy Ministerio de Cultura, con motivo de reconocimiento, como Patrimonio Cultural de la Humanidad del Santuario Histórico de Machupicchu, año 2007.



WILLKAMAYUPAQ IÑIY SIMI
(En Quechua)

Pachaq p’anpasqan WILLKAMAYU…!
Pachakamaqpa apunmi kanki kay pachapi,
Qan karqanki, wayq’okunata pajonal panpakunata ima
Sampallawan, Tucuy munakuyllawan ….
Llaqllarqanki, q’ata unuykiq kallpanwan,
Ancha willkachaspa, WILLKAMAYU…!

Qanta, qhapaq apu, amaru chakiyuq
Qotuntin llaqtakuna huñuq,
Unuyqiq kallpalla phawayninwan,
Kunan hamuni qan much’akuq
Teqsimuyuntin qanta haukachasunki,
CH’uyay Ch’uyay unuykipas
Ancha yupaychasqan
Manaraq machupikchu llaqtaman wichayta qallarishaspa.

Hatunkankaray willka mayu…
¡Rit’i ñawi qhapaq taytay, mañakuyki
Ama hayk’aqpas phiñakunkichu
Ñoqayku wawaykikunawan,
Hina kaqtinqa:
Hanaq pachapichá phuyu sayarinman
Q’aqyapis t’ohanmancha!
Nanaq unukunachá hich’ayakamunqa orqokunamanta¡
Kunbakunachá t’oqyasps wisch’uyakamunqa;
Ñoqayku…
Manapaschá phiñakuyniykita hark’apayta atisaqkuchu
Chheyna kaqtinqa ...wañusaqkuchá llapayku…

¡Cheymi ancha  munakuq willkamay,
Munakuq kunkaykita uyarispa
Yuraq phosoqo apasqaykiman tukuyta munani;
Ñoqapas ch’uya unuykiman tukuspa qanwan purisaq;
Sonqoyki ukhupi muyuq unuman chayasaq,
Willka mak’allikipi kusi wañukapusaq.
Orqokunaq, wayq’okunaq, pajonal panpakunaq taytan…!
Waqaspan mañakuyki
Qonqaspa wawayki hina
Tarpuy chakraknatapas sumaqta qómeryachinki,
Uywakunapas munayta wirayashan
Kay misk’i mikhuykuna
Allin llank’aq runakunallachá misk’irichikunqa.

Llapan mayukunamanta aswan willkachaspa, qhapaq mayu…
¡Anchata umaypi hap’ini qanpa kallpaikita, qhapaq kaynikita,
Munakuynikita, yachayniykita ima;
Qanpaqqa manan qaqapas nitaq rumipas, ch’ilachu


Phawayllan qaqatapas, rumitapas kutarqonki atún kallpaykiwan.
Ichaqa…. Ancha munakuq sonqoykipi, llapan runata munayunki;
Willkamayu, inkakunaq apun, qonqorchaki añaychayki
Khatatataspan, willka unuykita much’aykuni.

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ORACIÓN AL DIOS WILKAMAYU
(En Español)

¡Legendario río Willkamayu…!
Eres el dios de los dioses de la naturaleza
Porque fuiste el gran arquitecto
Que labraste
A las montañas, valles y llanuras
Pacientemente, amorosamente….
Con la fuerza y destreza  de tus manos de agua.
¡Sagrado río Vilcanota….!
A ti, poderoso dios, pies de serpiente
Las cadenas del pueblo que uniste
En tu recorrido triunfal;
Hoy viene a besar
Incluso el orbe entero
Tus cristalinas aguas destellantes,
Con respeto y devoción
Antes de escalar al majestuoso Machupijchu,
Hechura de mis antecesores.

¡Gigante Río Vilcanota…!
Te ruego padre poderoso de ojos de nieve
Que jamás te encolerices
Con nosotros tus hijos,
Porque sino:
¡El cielo se nublara!
¡Los rayos tronaran!
¡Los granizos caerán!
¡Las aguas bajarán de las montañas
Cargado de galgas  para aumentar tu cólera!
Y...  después Padre eterno de espaldas plateadas;
Nosotros…
Seguramente no podremos resistir tu cólera:
Entonces… ¡Moriremos!
Por eso cariño Wilkamayu
Cuando escucho tu voz amorosa
Quiero convertirme en las espumas blancas que cargas
Para yo también navegar en tus cristalinas olas…
Hasta llegar al remolino de tu corazón,
Para morirme en tus brasa sagrados.

¡Oh padre de las montañas…valles y llanuras…!
Te ruego llorando desde acá
Como el último de tus hijos,
Que las sementeras sigan verdeando,
Los ganados sigan engordando; y…
Solamente disfruten estos manjares
Los hombres que verdaderamente necesitan y trabajan.

¡Río de ríos sagrados…! Poderoso de los poderosos…!
Tengo tanta fe en tu fuerza, poder y sentimiento y sabiduría;

Porque para ti
No hay roca ni piedra.
Ante tu martilleo incesante.
¡Cuántas rocas y piedras hecho trizas...polvo!
Pero…, tu generoso corazón jamás dejará de latir por nosotros.
Willkamayu, dios de los inkas, arrodillado tus orillas,

Tembloroso beso tus aguas sagradas.

Epopeya de Los Dioses Andinos: El Origen del Maíz (Cuento N° 29)

Les presento mi cuento titulado "Génesis del Maíz" un relato fantástico y apasionate parte del libro "Epopeya de Los Dioses Andinos" ¡Disfrútenlo!
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Cuento N° 29 : EL ORIGEN DEL MAÍZ

Cierto día, cuando el sol había ingresado perezosamente a su fastuosa morada, aprovechando la última luz del día, una mujer hermosísima, de color alba, emergió vislumbrante de la laguna de Yanaqocha. Al verla, un pescador quedó estático. La mujer se le aproximó y, con sus labios carnosos y dulces, le dió un beso en la mejilla. Después de sostener un corto diálogo, la muchacha se despidió con una sonrisa y se sumergió en las profundidades de la negra laguna.

Como si fuera un ave herida, el pescador no quiso moverse de la orilla de la laguna. Ni tampoco pensó en retirarse. Todo lo que quería era verla nuevamente. Incluso pensó lanzarse tras ella a las profundidades de la laguna, pero se retractó porque ya era de noche, viéndose obligado a retornar a su casa acosado por el viento y por el frío.

El pescador era un hombre pobre y además, como era el hijo primogénito, era el sostén de toda su familia pues, hacía tiempo, su padre se había ido de este mundo, dejando una escalera de hijos y a la madre, que se encontraba en sus últimos días de existencia, acosados por el hambre y las enfermedades.

El pescador iba siempre a la laguna de Yanaqocha, con el propósito de pescar y llevar algo con que mitigar el hambre de su madre y de sus hermanos.

Pero el hambre no solo afectaba a su familia, sino también a toda la comunidad  puesto que, desde hacía tiempo, la sequía los asolaba. El resto de la gente podía aún defenderse con los productos que habían guardado en sus trojes y con los animalitos que les quedaban, pero la familia del pescador no tenía ningún recurso para comer, salvo lamer la tierra del suelo.

El pescador llegó a altas horas de la noche a su humilde bohío. Estaba compungido y cansado y no llevaba ni un solo pescado. Sin dar ninguna explicación a la familia, se metió a su lecho. La madre se acercó a su hijo  llevándole un plato de hierbas hervidas para que coma. El joven no sentía hambre, sino que tenía dolor de alma. Para disimular y no inquietar a su madre, comenzó a tomar la sopa de hierbas. Después de manducar, se le vino a la cabeza el recuerdo de la mujer y el sueño se retiró de su delgado cuerpo.

Al día siguiente, muy de mañana, partió nuevamente hacia la laguna de Yanaqocha, premunido de una hermosa quena, un anzuelo y grandes deseos de encontrar nuevamente a la diosa.

Cuando llegó, de inmediato se posicionó encima de una piedra gigante y, desde ese lugar y mirando las olas de la laguna, se puso a interpretar las melodías que se venían a su cabeza. El pescador tenía la esperanza que al escuchar estas dulzuras, la diosa emergería nuevamente desde las profundidades de la laguna negra. Pero, lamentablemente, no había indicios del retorno de la musa. El pescador tenía la firme esperanza que ella viviera, en las profundidades de la laguna, junto a sus padres y hermanos.
Al atardecer, cuando ya se venía la noche, recorrió toda la orilla, tocando su instrumento y buscando un lugar para penetrar hasta las profundidades de la laguna. Nada consiguió. El joven enamorado, con el corazón partido, muerto de hambre y sed, regresó a su cabaña llorando de amor.

Su madre estaba muy preocupada y no comprendía la situación de su vástago. Al verlo tantos días pensativo y pálido, se aproximó con ternura indescriptible y le dijo:
-Hijo, te veo delgado y cadavérico ¿qué te está pasando? ¿Por qué has abandonado tus quehaceres? Ya no tenemos ni hojas de árboles para darles de comer a tus hermanos, solo queda mi cuerpo flaco para que se lo coman. ¡Tú eres el sostén de tus hermanos! Ellos aún no pueden defenderse.

El joven no respondió y se puso a llorar desconsoladamente.

Después de muchas idas a la laguna, el joven empezó a perder las esperanzas de ver a la musa de sus sueños y se desesperó. Como la hermosa mujer no emergió más, el pescador, empujado por la decepción amorosa,  determinó  quitarse la vida. Durante la noche pensó como hacerlo y decidió lanzarse a la laguna de Yanaqocha con una pesada piedra atada a su cuerpo. Así no se libraría de la parca y llegaría, aunque sea muerto a la posada de la mujer de sus sueños.

Antes de lanzarse a la profundidad de las aguas, determinó que por última vez tocaría su quena, interpretando una hermosa melodía que había creado en homenaje a ella. Cuando empezó a soplar el hermoso instrumento musical, las aves del cielo, los peces de la laguna y el viento de las montañas empezaron a llorar. No pudo concluir la melodía y se lanzó a la laguna, siendo arrastrado su cuerpo hacia la profundidad por el remolino que formó la inmensa piedra que se había atado al cuerpo.

Cuando el pescador se despertó, tocó su cuerpo, pensando que estaba soñando, pero comprobó que estaba vivo. Se hallaba en un lecho ancho y suave y, a su costado, estaba la musa de sus sueños. El joven quedó estático de la emoción; la lengua se le paralizó y no pudo hablar, solamente tuvo valor para abrazarla con una pasión y amor indescriptible.

Después de un tiempo de convivencia, el pescador empezó a cambiar de carácter. Ya no tenía alegría y la tristeza se apoderó de su delgada persona. Hasta que esta situación afectó a la musa. Un día, ella le dijo al pescador:
-¿Qué te pasa, amor mío? ¿Acaso tienes alguna preocupación? ¿Ya no eres feliz, como los primeros días que nos conocimos? ¿Acaso te atormenta algún recuerdo?
Frente a las interrogaciones de la hermosa diosa, el pescador no podía mentir. Tomando valor, y con la tez completamente afligida, le respondió:
-Diosa mía, es cierto que estoy muy triste. ¿Sabes por qué? Porque he dejado a mi madre y a mis hermanos en una miseria espantosa.
-Pero ¿Por qué no me lo dijiste antes?  Hubiéramos ido donde tus seres queridos llevando nuestros manjares.
-Diosa mía, no quiero ir solo, porque tengo miedo de perderte. Tampoco conozco el camino por donde he llegado  pero, si tú me acompañas, yo sería el hombre más feliz del mundo.
-Esta bien, amor mío...pero con una condición.
-¿Cual es la condición? diosa mía...
-Viajaremos esta noche, sin que nos vea la diosa Luna. Mañana estaremos en tu casa todo el día. Eso sí: a puertas cerradas, porque no quiero que me vean las personas extrañas. Yo solamente soy para ti.
-Esta bien, diosa – dijo el joven.
Para festejar esta comprensión, el pescador se lanzó a los brazos de su amada. Después, ella partió a la cocina para preparar los deliciosos manjares que llevaría a su suegra y cuñados.
Cuando la luna desapareció, la pareja, cargada de manjares y vestidos salió, por un camino misterioso, de la laguna de Yanaqocha. Bajaron guiados por sus instintos. El pescador tomó la delantera. Después de un largo periplo, llegaron a la puerta de una choza, que estaba entre gigantescos árboles viejos, en los bajíos de la montaña. El joven empujo la puerta y vio, en las profundidades de la habitación, a su madre muerta, rodeada de sus hijos que agonizaban de hambre y pena. El pescador se abalanzó sobre el cuerpo de su madre, llorando desesperado. Pero ya era tarde, pues el cuerpo estaba totalmente rígido.

De inmediato, la hermosa musa auxilió a los agonizantes, repartiendo a cada uno los manjares que había llevado. Pronto los niños empezaron a reaccionar y aún tuvieron fuerza para sepultar a la anciana, que había muerto de inanición y vejez.

Concluidas las exequias, los amantes se retiraron a un compartimento dentro de la casa, mientras los hermanos se quedaron dormidos por efecto de la suculenta comida.

Al día siguiente, muy temprano, los niños abrieron la puerta de la habitación donde se hallaba la pareja, e ingresaron los rayos del sol, tocando directamente el hermoso rostro de la diosa que, a su contacto, se petrificó. Cuando el pescador despertó de su profundo sueño, encontró muerta a su dulce amada. El pescador dio gritos de desesperación. Los niños empezaron a llorar, pero todo estaba consumado: ¡ la diosa había fenecido ! El amante, sin resignarse, lloraba a mares la muerte de la ninfa. Gritaba y suplicaba a los dioses para que le devolvieran la vida a su adorada musa.
Pronto, el pescador murió de amor y  pena.

Después de algunos días, los niños, llenándose de valor, sepultaron en una sola fosa a los amantes.
Después de algunos días, de la sepultura de la pareja empezó a brotar una hermosa, verde y extraña plántula. Esto llamó la atención de los niños y como no tenían hambre por los alimentos que les había entregado su cuñada, empezaron a cuidar y regar la extraña planta como un homenaje a los finados. Pronto, de en medio de la planta, comenzó a crecer un extraño bulto, con cabellera rubia  (mazorca). La planta continuó desarrollando y floreció una hermosa panoja. De cada nudo de la planta empezó a brotar un haz de bellas hojas. Cuando llegó a la madurez, la mazorca se descolgó y comenzó a deshojarse. Pronto, ante los ojos de los niños, brotaron bellos granos de todos los  colores.

Empujados por la curiosidad, los niños cogieron un grano y lo masticaron, encontrando un agradable placer, como no tenían hambre, dejaron que las mazorcas se desgranen. Presto, de estos granos, empezaron a brotar nuevas plantas.

El maíz empezó a crecer por toda Singonapampa y luego en sus bajíos. Los hombres empezaron a llamar a ese lugar Wayoqhari.Wayo (granos o frutos grandes) que deriva de wayunka. Qhari (hombre colgante)
La semilla es la diosa y el abono o guano es el hombre.
¿Quién fue esa musa que apareció en la laguna? Pues fue una hija del dios Sol con la hermosa Luna, quienes la enviaron a vivir en el Ujupacha (mundo subterráneo) para que organice a los habitantes de ese lugar. Sin embargo incumplió su mandato, al salir al Kaipacha (El mundo presente – aquí, la morada de los hombres) y   enamorarse de un hombre. Por tanto el dios Sol la castigó cuando la encontró en la cama, infraganti, acostada con un hombre Por eso la musa no quería aparecer ante la luz del Sol ni de la Luna.
El maíz es el nieto del dios Sol y de la diosa Luna, por eso en la Tierra existe el maíz de color amarillo (como su abuelo, el dios Sol) y el maíz blanco (como su abuela, la Luna). El resto de los maices de colores son los genes de los ancestros del sol y la luna. Por eso los hombres de Wayoqhari  adoran al maíz  y lo consumen en cancha, sopa, mote, harina; inclusive chupan y comen sus cañas. Los tallos y las hojas los consumen sus animales.

La chicha es la bebida sagrada de los campesinos. No solo les quita la sed, sino también el hambre y la pena...y les da fuerza  y valor para realizar las jornadas agrícolas.